He crecido desde entonces.
Ya no soy aquella soñadora de las ilusiones que se perdía en tus deseos y aspiraba a bailar en Nueva York.
Dejé de usar zapatos al caminar, pues temí hacer daño a quien pisara. Y pensé que era una buena forma de dejar mi huella en asfalto, arena, tierra o césped. Un día, hasta colgué mis zapatos de un árbol...
Dejé de disfrazarme con trapos antiguos cuando el invierno se acercaba y conseguí desnudarme ante nieve, lluvia o niebla.
Aprendí a sustituir tus manos y tu voz por algo más mío, como recoger los pedazos de lo que fue mi vida, que quizás enterré en algún lugar de aquella ciudad, cerca de aquel río, bajo aquel puente. Y volví a por ellos, ¡vaya que si volví!
He crecido desde entonces y me he dado cuenta de que a pesar de haberme quitado los zapatos, desnudarme y continuar recogiendo pedazos de lo que fue mi vida, lo único que no consiguió arrebatarme, fueron mis ganas de reír.
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